El Derecho al olvido, el derecho de dejar el pasado atras, una oportuniad para volver a empezar
Desde muy joven aprendí que la vida no espera. Cuando uno cae, el mundo no se detiene a preguntar si estás bien. Simplemente sigue. Recuerdo esa sensación de inmovilidad que tuve una mañana cualquiera, viendo por la ventana cómo la ciudad se movía sin mí, como si yo hubiese quedado detenido en un tiempo que ya no existía. Y es que, durante mucho tiempo, viví atrapado en los ecos del pasado: decisiones mal tomadas, personas que se fueron sin despedirse, oportunidades que dejé pasar y errores que, por años, cargué como un fardo invisible.
Pero hubo un momento, un punto de quiebre. No fue un evento grande ni un cataclismo. Fue una mirada. Vi mi reflejo, cansado, hastiado, encorvado por lo que ya no era. Me pregunté: ¿hasta cuándo vas a vivir en el “antes”? ¿Cuánto más vas a arrastrar fantasmas que no tienen ya poder sobre ti? Mi historia está llena de momentos donde pude quedarme a vivir en el “si hubiera”. Si hubiera dicho que no, si hubiera actuado diferente, si hubiera tenido más valor… Pero el “si hubiera” no cambia nada, solo diluye el presente, lo arruina, por lo que decidi migrar de mi pais e ir en busca de mi futuro sin mirar atras.

Hubo una etapa especialmente oscura. Durante los años de pandemia donde ya radicaba en Parú, me convertí casi sin pensarlo en parte de la primera línea, trabajando en medio de una tormenta que se llevó a muchos y nos transformó a todos. Días sin dormir, cuerpos sin rostro, el sonido de los respiradores como música de fondo. En esa etapa, más que nunca, me convertí en testigo de lo frágil y efímera que puede ser la vida. Pero incluso entonces, con el caos afuera, lo más difícil era el silencio dentro de mí: la culpa, la rabia, el resentimiento hacia quienes me fallaron y hacia mí mismo por no soltar.
Comprendí que seguir atado al pasado no era una forma de lealtad ni de memoria, sino de auto-castigo. Comencé entonces a dar pasos, pequeños al inicio, hacia el perdón. No un perdón para otros, sino uno hacia mí mismo. Aceptar que hice lo mejor que pude con lo que sabía, con lo que era. A dejar ir lo que no dependió de mí. A entender que cerrar ciclos no significa olvidar, sino darles su lugar, sin que ocupen todo el espacio vital.

Hoy entiendo que el pasado no se deja atrás por cobardía, sino por amor propio. Porque nadie merece vivir como prisionero de lo que ya no puede cambiar. A veces uno se aferra a lo que le hizo daño porque se confunde con identidad, porque “ser víctima” otorga cierta forma de sentido. Pero la verdadera fuerza está en decir: “Eso me pasó, pero no me define”. He aprendido a construir desde las ruinas, no como quien niega el dolor o el daño que ocasiono, sino como quien le da sentido. Porque cada herida fue una lección, y cada caída, una oportunidad para empezar de nuevo. Hoy camino ligero, no porque no tenga recuerdos, sino porque los he convertido en herramientas, no en cadenas.

Dejar el pasado atrás es un acto de valentía. Es mirar hacia adelante con la certeza de que merecemos algo mejor, y que la vida –por dura que haya sido– aún tiene páginas en blanco esperando ser escritas. Yo ya he comenzado a escribir las mías.
Escrito por: Mauricio Eduardo Arancibia Olhabe.
Comentarios (0)
Deja tu comentario
Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero en comentar!