El Precio de Sanar: Xenofobia y Persecución contra un Profesional de la Salud en la Selva Peruana

Uno de los episodios más delicados ocurrió cuando una docente universitaria vinculada a la carrera de Tecnología Médica en Terapia Física inició cuestionamientos públicos sobre su ejercicio profesional

El Precio de Sanar: Xenofobia y Persecución contra un Profesional de la Salud en la Selva Peruana

Crónica profesional basada en hechos reales – Perú, mayo de 2026

Llegar a la selva peruana en plena pandemia no fue una decisión sencilla. Mientras el miedo paralizaba ciudades enteras y el sistema sanitario colapsaba silenciosamente entre pasillos improvisados y unidades críticas saturadas, muchos profesionales de la salud decidieron protegerse dentro de sus hogares.

Otros, en cambio, eligieron permanecer en la primera línea de combate. Entre ellos estaba un profesional extranjero, formado en Chile como kinesiólogo, con estudios reconocidos oficialmente por el Estado peruano mediante resolución de SUNEDU Nº 001567-2023.

Su historia no comenzó en la comodidad de un consultorio privado ni bajo el reconocimiento inmediato de las instituciones. Comenzó entre respiradores mecánicos, pacientes intubados, protocolos improvisados y jornadas interminables en áreas críticas como UCI, UVI y unidades de aislamiento COVID. Allí donde el virus arrebataba vidas cada hora, él trabajó sin descanso.

La pandemia dejó imágenes imborrables en el Perú profundo. Hospitales sin oxígeno suficiente, familias esperando noticias afuera de emergencias y profesionales exhaustos luchando contra un enemigo desconocido. En medio de aquel escenario devastador, este kinesiólogo extranjero asumió funciones asistenciales complejas, muchas veces sin el respaldo humano necesario y enfrentando el temor constante al contagio. Mientras algunos evitaban el contacto con pacientes infectados, él ingresaba diariamente a salas críticas donde cada intervención podía significar la diferencia entre la vida y la muerte.

El reconocimiento no tardó en llegar, pero no desde los gremios ni desde ciertos sectores académicos. Llegó desde los propios pacientes, desde médicos intensivistas, licenciados y familias que encontraron en su trabajo una esperanza concreta. Su nombre comenzó a circular en la región por los resultados clínicos obtenidos, por la recuperación funcional de pacientes graves y por la calidad humana con la que ejercía su profesión.

Sin embargo, el éxito profesional en ocasiones despierta resistencias más intensas que el fracaso. Con el paso del tiempo, comenzaron a aparecer ataques sistemáticos, comentarios despectivos y campañas de desprestigio provenientes de determinados sectores vinculados al área de Terapia Física. Las agresiones no provenían de observaciones técnicas ni de cuestionamientos legales sustentados. Provenían, principalmente, de redes sociales, perfiles falsos y conversaciones informales cargadas de xenofobia y desinformación.

“El chileno quita pacientes”, “el chileno falso”, “no tiene título”, eran frases que se repetían en distintos espacios digitales y círculos profesionales. La violencia verbal comenzó a transformarse en una forma de hostigamiento permanente. No importaban los documentos oficiales, la validación académica ni el reconocimiento estatal. Tampoco importaban los años de experiencia clínica ni el trabajo demostrado durante la pandemia. Para algunos, el hecho de ser extranjero era suficiente motivo para intentar desacreditarlo.

Uno de los episodios más delicados ocurrió cuando una docente universitaria vinculada a la carrera de Tecnología Médica en Terapia Física inició cuestionamientos públicos sobre su ejercicio profesional. Las amenazas de denuncias ante el Colegio de Tecnólogos Médicos se transformaron en una constante, pese a que jurídicamente no correspondían. El profesional nunca afirmó ser Tecnólogo Médico ni ejerció bajo esa condición. Su profesión es distinta: kinesiólogo, reconocido oficialmente en el Perú y habilitado para ejercer conforme a la normativa vigente.

La situación refleja un fenómeno más profundo y preocupante dentro de ciertos sectores sanitarios: la incapacidad de diferenciar entre competencia profesional legítima y rivalidad gremial. En lugar de valorar la experiencia, la formación y el aporte realizado durante una de las peores crisis sanitarias de la historia contemporánea, algunos optaron por la persecución simbólica, el descrédito personal y la exclusión social.

La xenofobia en el ámbito sanitario suele manifestarse de forma silenciosa, disfrazada de “defensa profesional”, cuando en realidad responde a prejuicios arraigados y resistencias culturales. En este caso, el cuestionamiento no parece centrarse en la legalidad del ejercicio profesional, pues toda la documentación se encuentra regularizada ante las autoridades peruanas. El problema radica en que un extranjero logró posicionarse profesionalmente en una región donde su trabajo comenzó a ser ampliamente solicitado y reconocido.

Detrás de cada ataque existe también un desgaste emocional difícil de medir. Las noches de incertidumbre, la angustia provocada por campañas de desprestigio y la sensación permanente de ser observado o cuestionado generan consecuencias psicológicas profundas. En más de una ocasión pensó en abandonar el país, cansado de justificar una y otra vez su legitimidad profesional pese a contar con todos los requisitos legales exigidos.

Pero la experiencia también le enseñó algo fundamental: quien trabaja con resultados visibles inevitablemente genera incomodidad en quienes no toleran el crecimiento ajeno. En salud, como en cualquier otra profesión, la excelencia expone. Y cuando esa excelencia proviene de alguien extranjero, las tensiones sociales pueden amplificarse peligrosamente.

Aun así, el kinesiólogo continúa ejerciendo con la misma convicción con la que ingresó a las áreas críticas durante la pandemia. Sigue atendiendo pacientes, trabajando junto a médicos y profesionales que valoran su preparación, y manteniendo intacto el respeto hacia cada disciplina sanitaria. Nunca pretendió ocupar el lugar de otro profesional ni apropiarse de una identidad que no le corresponde. Su lucha, en realidad, ha sido mucho más básica: exigir respeto por su profesión, por su trayectoria y por su dignidad humana.

En una sociedad que aún arrastra profundas fracturas sociales, la xenofobia continúa siendo una herida abierta. Y cuando esa discriminación se instala dentro del sistema sanitario, el problema trasciende lo individual: se convierte en una amenaza contra los principios éticos que deberían sostener la salud pública. Porque ningún profesional debería ser perseguido por su nacionalidad cuando ha demostrado, con hechos y sacrificio, estar dispuesto a servir incluso en los momentos más oscuros de la historia reciente.

Perú, sábado 9 de mayo de 2026.


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