Hay comienzos que no se eligen, se imponen. Llegan sin aviso, rompen estructuras, desarman certezas y te obligan a caminar cuando apenas puedes sostenerte en pie. Empezar de cero no es una decisión romántica; es, muchas veces, una consecuencia.
El año 2017 marcó uno de esos quiebres en mi vida. Trabajaba en el Hospital HUAP, en Chile, cuando el término de una relación amorosa me dejó en un estado que, en ese momento, solo podía describir como devastador. Sentía que todo lo que había construido se había desmoronado. La angustia se volvió constante, silenciosa, pesada. Terminé dejando el hospital, no por falta de vocación, sino porque ya no tenía la fuerza emocional para sostenerme ahí.
Decidí irme del país. Llegué a Lima, Perú, sin redes, sin rumbo claro, sin más compañía que mis pensamientos. Me alojé en un hotel donde todo era ajeno. Recuerdo salir a la calle y no saber hacia dónde caminar. La ciudad era grande, ruidosa, indiferente.
Entraba a restaurantes no por hambre, sino por la necesidad de encontrar wifi para poder hablar con mi madre. Ese vínculo, a la distancia, fue uno de los pocos anclajes que me sostuvo en medio del vacío.
Con el tiempo, comencé a reconstruirme desde lo más básico: conocer personas, entender el entorno, buscar oportunidades. Conseguí trabajo en una clínica de rehabilitación, y ahí empezó un proceso silencioso pero firme.
No esperé que las oportunidades llegaran: fui a buscarlas. Campos deportivos, colegios, academias, el IPD, fútbol femenino, fútbol máster… donde hubiera actividad, ahí estaba.

Sembrando, sin garantías, sin certezas, solo con la convicción de que el trabajo constante deja huella.

Ese camino me llevó a la Copa Perú, y de ahí, casi sin darme cuenta, al Club Sport Boys, en primera división. Fue un ascenso rápido, pero construido desde lo invisible: la perseverancia.

En 2019, acepté una nueva oportunidad en Arequipa: trabajar con el primer equipo de Melgar y en la Clínica San Pablo. Llegué en enero, alquilé un departamento en Cayma y, por un momento, todo parecía alinearse. Pero la vida, cuando te prueba, no lo hace a medias.
A fines de febrero comenzó la pandemia.
Lo perdí todo. El trabajo, la estabilidad, la proyección. Hubo días en los que no tenía para comer. Las fronteras estaban cerradas, no podía regresar a mi país, y el mundo entero parecía paralizado. En medio de ese escenario, tomé una de las decisiones más difíciles —y hoy, lo sé, una de las más determinantes— de mi vida.
Decidí enfrentar la pandemia desde lo que sabía hacer.
Mi formación como kinesiólogo y mi especialización en fisioterapia respiratoria en pacientes críticos, adquirida años antes casi como una intuición del destino, se convirtieron en mi herramienta. Mientras muchos huían —con razón— del riesgo, yo avancé hacia él. Estuve en UCI COVID, UVI, unidades aisladas, UCI pediátrica. Estuve donde la vida y la muerte negociaban cada segundo.


Vi cosas que no se olvidan. Miré de frente la muerte, más veces de las que puedo contar. Compartí espacios con el miedo, con la incertidumbre, con el agotamiento extremo. Vi caer médicos, enfermeros, técnicos, policías, bomberos. Vi la fragilidad humana en su forma más cruda.
Y también vi la lucha.
Esa experiencia, tan dura como transformadora, me llevó a radicarme en lo más profundo de la selva peruana. Entre 2020 y 2021 trabajé en ESSALUD y MINSA, en unidades críticas, muchas veces en soledad, muchas veces quebrado por dentro. Lloré a solas. Estaba lejos de todo lo conocido, rodeado de dolor, pero también de propósito.
Con el tiempo, la tormenta comenzó a ceder. El caos dio paso al orden, el miedo a la experiencia, y la incertidumbre a una nueva forma de estabilidad. Logré establecerme en el área privada, y hoy, en 2026, estoy a cargo del departamento de rehabilitación.
Mi nombre quedó, de alguna forma, en la memoria de esos pasillos fríos, silenciosos, donde los ecos de quienes partieron siguen presentes. Hay noches en que todo vuelve: los rostros, las voces, las pérdidas. Suspiro, y sigo.

Hoy tengo una familia que construí aquí, lejos de donde todo comenzó. Y aunque eso es motivo de profunda gratitud, la vida no deja de presentar nuevos desafíos. Actualmente enfrento algo distinto, pero igualmente desgastante: la xenofobia, la envidia, los ataques desde el anonimato. Perfiles falsos que intentan desacreditar, dañar, hacer caer.
A veces duele más de lo que quisiera admitir.
Pero hay algo que he aprendido en este camino: quien ha sobrevivido a la incertidumbre absoluta, a la soledad, al miedo real… no se quiebra fácilmente por la opinión ajena. Puede doler, sí. Puede cansar. Pero no define.
Reflexión final
Empezar de cero no es una página en blanco. Es escribir con las manos temblando, con cicatrices abiertas y con dudas constantes. Es avanzar sin garantías, sostenerse sin red y reconstruirse sin manual.
Nadie te dice que habrá días en los que vas a querer rendirte. Nadie te dice que el progreso es lento, invisible, ingrato. Pero tampoco te dicen que dentro de ese proceso se forja algo que no se compra ni se enseña: carácter.
Hoy entiendo que no se trata de cuántas veces caes, sino de cuántas veces decides no quedarte ahí. Porque empezar de nuevo no te hace débil… te hace imparable.
Y si hoy alguien está hablando de ti, criticando, cuestionando, intentando frenarte, tal vez sea porque estás avanzando más de lo que ellos se atreven.
Como dice esa frase que hoy cobra sentido:
“Si te están criticando es porque estás haciendo algo grande. Nadie critica a quien no hace nada.”
Comentarios (0)
Deja tu comentario
Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero en comentar!